Este es un blog de vivencias y reflexiones de una chica que busca la manera de plasmar su interior en algo tangible como las letras.

Aquí encontrarás hartas anécdotas y también procesos mentales, de esos enredados pero que buscan explicar lo que sucede en la vida y así encontrar un sentido. Encontrarás ejemplos de cosas que no hay que hacer; confesiones amorosas, de esas que toda chica necesita contarle a su mejor amiga; quejas y lamentos, letanías de alguna época mentalmente negativa; pero también hallarás decisión, actitud, fuerza y valentía (O al menos un sincero intento de ello).

Espero motivarte a seguirme. No sólo en lectura, sino en este trabajo interno, esta búsqueda de bienestar.

Seamos luz en medio de tanta oscuridad.


martes, 8 de mayo de 2018

Nuevo descubrimiento

Soy una persona con fuertes problemas emocionales.

Siempre me sentí diferente. Pero no sólo porque yo me daba cuenta de que lo era, sino porque habían personas a mi alrededor que me lo hacían notar.

Quizás mi mamá no supo manejar mi sensibilidad. Mi papá estaba demasiado ausente como para hacer algo más que felicitarme. Igual, no pensé que fuera necesario nunca: mis profesores siempre tenían algo bueno que decir de mí. No así mis compañeras.

Fui educada en un colegio de monjas, sólo de mujeres. Dicen que esos colegios son nido de brujas, y aunque creo que la noción es un poco extremista, creo que tiene un punto. Los grupetes conformados sólo por mujeres son tóxicos.

Ya en el jardín de niños sentía que algo iba mal conmigo.

En Kindergarten me costaba hacer amigas, me costaba compartirlas, no tenía la capacidad de mantener una amistad estable, era demasiado susceptible a las reacciones de los demás y no sabía cómo expresarlo. Porque era casi una bebé.

En primer grado empezaron los problemas. Resaltaba, como una estrella, era la mejor en todo. Una vez me contó una chica de mi colegio que se le hacía raro que yo me sintiera sola si ella recordaba que hacían fila para ser mi amiga. Yo recuerdo más que me molestaban por sacarme buenas notas. Era la primera del salón. Encima, acababa de descubrir mi talento para cantar y actuar, y era la mascota favorita del área de música, me ponían de protagonista siempre. Para colmo, mi cabello y mis ojos eran los de una princesa de Disney y algunas chicas me perseguían para "tocarlo" (En serio, no miento. Si no me buscaban en el recreo para que les cante algo, me buscaban para cogerme el cabello). Mientras las mayores me admiraban, mis contemporáneas me miraban feo, me decían "creída", y a mí me costaba mucho integrarme en los grupos para jugar -no me creía bien recibida-. Estoy segura de que mi mamá sabía de esto porque recuerdo conversaciones en las que ella me aconsejaba qué decir. Pero no era suficiente, ellas siempre eran más fuertes.

Segundo grado no fue mejor. Se sumaron las niñas de la movilidad. Bromas pesadas sobre mí, a veces. Una niña me sacó la silla y terminé cayéndome al suelo, recuerdo. Para mi mamá era normal porque "a ella también le tenían envidia y le amarraban su largo cabello rubio a la silla al punto de que no se podía parar, así que lo mío no era nada en comparación con lo que a ella le pasó". Y encima estaba lo que mi mamá hacía: el gran secreto que no podía contarle a nadie, porque no me iban a entender. ¿Qué niña de 7 años iba a comprender sobre ángeles y energía?

En tercer grado, una niña se sacó los mocos y se limpió en mi cabello. Los comentarios agresivos y las miradas de soslayo no habían desaparecido del todo.

En cuarto, una niña pisó mis lentes a propósito, y aunque no se rompieron del todo, sí medio que los malogró. Mi mejor amiga de ese entonces decidió que ya no quería pasar el tiempo conmigo sino con otra chica (una que me miraba feo) y me sentí muy sola.

El siguiente año es el año del que no me quiero acordar, porque sufrí mucho, supongo. Recuerdo que ese verano estuve especialmente triste y fui una vez a ver a una amiga. Cuando volvimos al colegio, ella no quería ser mi amiga. Ese año me la pasé en el limbo. En esa época creo que empecé a pensar que yo era la que espantaba a la gente. Encima, cuando terminó el año escolar, una chica me robó mi cartuchera con todos mis útiles, pero se hacía la que no sabía nada. Vinieron muchos cambios pero no es de lo que quiero hablar esta vez.

En sexto grado me enfermé. Decidí aislarme. Decidí que yo era repugnante y que lo mejor era alejarme de la gente para que la gente no se alejara de mí, después de todo, es más fácil así. Empecé a hacer mis tareas en los recreos, y desarrollé una manera indirecta de llamar la atención. Estaba tan dolida que creí que no funcionaría el acercarme directamente y mostrarme como era. Había aprendido que mientras más me escondiera, mejor opinión iban a tener sobre mí. Así que empecé a negarme todo. Imagínense el hambre que tenía por no sentirme sola: empecé a canalizarlo por hambre real.

Ese año hicieron conjunción muchas cosas. Supongo que el aspecto "amistad" fue uno de ellos. A mis 12 años empecé a dejar de comer, pero en realidad, las cosas empezaron mucho antes.

Secundaria fue un poco mejor, porque aprendí a modularme. Al menos, los comentarios ya no eran sobre mi forma presuntuosa de ser (juro que no recuerdo haber sacado nada en cara de nadie) sino sobre el bicho raro en que me había convertido. Callada, inteligente, que no comía. Al menos no me odiaban, ahora lo veo claro. Era preferible ser tachada de rarita antes que de antipática. Me sentaba regularmente con un grupo grande de chicas pero no participaba mucho en las conversaciones. Nunca tenía nada inteligente que decir.

Primero y segundo fueron una pesadilla emocional. Era un fantasma, no tenía contacto con nadie. En primero desarrollé muchas manías y compulsiones que sólo me hicieron la vida imposible, pero fui lo suficientemente fuerte como para dominarlas poco a poco. No así mis promesas de no comer, que son un tema aparte. Los trastornos de la alimentación era el tema que más despertaba mi interés en el colegio, y se rumoreaban cosas sobre mí, que yo desmentía, y sobre otras chicas, a quienes yo observaba casi maniáticamente para desenmascarar. "La anorexia es mala", pensaba. Pero para mí, era el castigo perfecto. Sin darme cuenta había desarrollado mecanismos para llamar la atención de mis compañeras de manera indirecta, mediante la pena y la diferenciación. Era completamente inconsciente de que, tratando de desaparecer, resaltaba más. Justo lo que no quería. Irónicamente, el mensaje de víctima es uno de los peor recibidos socialmente, y eso hizo que la atención no se centrara en mí sino en las demás. Había una chica en el grupo con el que yo solía sentarme que evidentemente estaba muy flaca y muchas estaban preocupadas por ella. Por mí, al parecer, nadie quería hacer nada. O nadie sabía qué hacer.

En tercero de secundaria empezó la época de los quinceañeros. Y en mi caso, empezó mi época de cortes. No hablaba con nadie, y la gente sólo se me acercaba para preguntarme cosas relacionadas con los cursos del colegio. Necesitaba una amiga, con toda la desesperación que pueda existir, pero nunca lograba expresarme. Me aislé aún más y comencé a pasar los recreos sola, en la biblioteca, para no tener que sufrir del rechazo de las demás. Al final del año 2003, le conté sobre mis problemas a una chica que, al parecer, se los contó a medio mundo. Eso, y que luego de decirle cómo me sentía, se alejó y empezó a andar con otras chicas. De nuevo la historia que se repetía.

Mi madre, preocupada por mi salud mental, recibió el consejo de meterme en alguna actividad, y fue así como llegué a unas clases de guitarra. En ellas pude, por fin, hacer amigos, y hasta empezó a gustarme un chico, al cual solía llamar por teléfono y terminó siendo mi enamorado durante dos inocentes meses. Cuarto de secundaria fue un punto de quiebre respecto a mi forma de ser: me volví hacia afuera y empecé a hablar. La terapia psicológica y la existencia de amigos fuera del colegio me ayudaron a romper mi caparazón y me convertí en una chica que dibujaba corazones en la pizarra y dormía mucho durante las clases. Me sentía irreal por las medicinas que tomaba, como si no sintiera, y eso me fastidiaba, y en mi familia se hacían un poco de problemas para comprarme mis pastillas, así que en algún momento simplemente dejé de tomarlas.

Quinto de secundaria fue, quizás, el mejor año de todos. La guitarra me dio una identidad y los comentarios y miradas de cuando era pequeña ya no eran los mismos, llenos de odio e incomprensión. Sí, hablaban de mí como "la chica rara que siempre duerme" o "el ratón de biblioteca" (porque seguía escondiéndome ahí para evitar socializar mucho), pero ya le daba un poco menos de importancia: comenzaba a entender las relaciones entre las personas y entendía que, en mi colegio, todo era superficial. Aprendí a ser más selectiva en la elección de amistades y pude acercarme un poco más a algunas chicas, de modo que me sentí menos sola. Hubo incluso un malentendido muy grande en el que yo figuraba como responsable al punto de hacer que casi toda mi promoción se pusiera en mi contra, pero el apoyo de las pocas personas que estuvieron de mi lado me ayudó a salir adelante.

Eso, y el teatro. Terminando sexto grado me metí a clases extracurriculares de teatro, y se convirtió en mi mundo, mi escape, mi forma de catarsis. Sin la poca pero significativa interacción que tenía esas dos horas a la semana con otras chicas de otras promociones, y sobre todo, con la intensa interpretación de papeles en los que ponía mi vida y descubría un talento que tenía permitido compartir en ese ambiente sin el menor atisbo de comentarios negativos, simplemente no habría sobrevivido. Por eso es que el teatro se convirtió en mi válvula de escape y método de vida. Y no pude dejarlo hasta muchos años después, e incluso hasta el día de hoy lo pongo en práctica en mi trabajo.

Ayer, por primera vez, hablé sobre algunas de estas experiencias con mi psicólogo. Entrando en detalles y un poco entre risas por mi forma sarcástica de abordar el tema, me hizo ver que durante toda mi infancia había sufrido de bullying psicológico, y que era esperable que, no teniendo soporte en el colegio, y tampoco teniendo soporte en casa, terminara desarrollando trastornos alimenticios. A mis casi 30 años me vengo a dar cuenta, recién, de que mi vida escolar había sido un desastre y que hasta el día de hoy me afecta. Me afecta porque me comparo con las personas de quienes sé gracias a las redes sociales y siempre estoy en desventaja. Y, obviamente, si crecí pensando que había algo malo innato en mí debido al rechazo directo e indirecto de mis congéneres, ¿cómo no creer eso?

A veces me gustaría que aquellas niñas, ahora mujeres, supieran lo que siento. Le doy mucha importancia a lo que ese grupo específico de personas puedan pensar sobre mí. Recién entiendo que es porque me pasé años buscando su aprobación, y las pocas veces que la recibí, estaba lo suficientemente cegada por mi enfermedad como para verla, esto es, en mis últimos años de secundaria. Por eso es que siento envidia cuando veo que se reúnen entre ellas y a mí no me incluyen, y por eso considero sus vidas como brillantes y ejemplares en comparación con la mía, que me da vergüenza. Estoy enterándome de que muchas de ellas se están casando, cumpliendo sus cuentos de hadas, mientras que yo estoy aquí... en una posición indescriptible, de desventaja, de inferioridad, en la que lo he vuelto a perder todo y trato de reconstruirme desde el polvo.

No niego que existen otros factores para que me sienta vulnerable como una chiquilla de 8 años, porque sí los hay. Pero he querido concentrarme en estos episodios porque creo que son un nuevo descubrimiento que puede explicar mi forma de relacionarme con los demás, incluyendo mis relaciones sentimentales, y, espero, curar heridas que hasta ahora no cierran. 

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