Este es un blog de vivencias y reflexiones de una chica que busca la manera de plasmar su interior en algo tangible como las letras.

Aquí encontrarás hartas anécdotas y también procesos mentales, de esos enredados pero que buscan explicar lo que sucede en la vida y así encontrar un sentido. Encontrarás ejemplos de cosas que no hay que hacer; confesiones amorosas, de esas que toda chica necesita contarle a su mejor amiga; quejas y lamentos, letanías de alguna época mentalmente negativa; pero también hallarás decisión, actitud, fuerza y valentía (O al menos un sincero intento de ello).

Espero motivarte a seguirme. No sólo en lectura, sino en este trabajo interno, esta búsqueda de bienestar.

Seamos luz en medio de tanta oscuridad.


sábado, 22 de abril de 2017

Consecuencias a largo plazo de la anorexia y la depresión


¿Alguna vez, queridx lectorx, te has puesto a pensar en qué consecuencias tiene una enfermedad mental/emocional a largo plazo?

Es decir, todos sabemos qué causa tener depresión, y que los trastornos de la alimentación se basan, en parte, en lo mismo.

Y también hemos escuchado muchas historias acerca del desgaste físico que causa la mala alimentación y la tristeza, desde debilidad general y "tendencia a enfermarse", como en mi caso, hasta el desarrollo de cánceres, que si bien no está comprobado al 100% científicamente de que tienen una causa emocional definida, sí hay estudios (y un psicoanalista me dijo hace unos días) que dicen que el estrés causa mutaciones que generan cánceres in novo (Olviden este término, ya no se me da bien hacer de doctora. Ahora mi rubro es otro).

Pues bien, todos sabemos que la mente y emociones influyen en el cuerpo... pero, ¿qué tanto influye una enfermedad de este tipo en el resto de cosas de tu vida? Es decir, vamos, no todo es el físico, y hay muchas áreas que se ven afectadas por estas cosas. Si no lo crees, pregúntate: ¿De qué manera afecta mi "estilo de vida"/enfermedad en los aspectos de mi vida que no son mi salud? Y ahí te darás cuenta de la gran cobertura de estos asuntos y de lo mucho que influye en tu desempeño escolar, laboral, y en tus relaciones, desde el no querer ver a nadie y evitar situaciones sociales para no tener que enfrentar a la comida... hasta hacerle daño a otras personas, sin querer.

Hoy, amigos, les voy a contar una historia. Una historia muy personal, una muestra de cómo te puedes cagar la vida metiéndote en sacos de once varas pensando que "desaparecer" es la solución de todo, y al final terminas cagándole la vida a alguien más. Porque así son estas enfermedades, te afectan en todos los aspectos de tu vida, en diferentes grados, hasta que te lo pueden quitar todo. Incluido el amor de una persona.

Y no lo hago por victimizarme. Lo hago porque recién hoy, 22 de abril del 2017, he sido plenamente consciente de la magnitud de este problema, que no puedo contar a nadie de mi entorno, al menos ahora y así, porque no lo van a comprender del todo, recién tengo cita con el psiquiatra el 1 de junio, y necesito sacarlo para observarlo bien. Sorry, tesis, tendré que avanzar de madrugada.

Yo tengo una hermana menor. Una hermosa y buena hermana menor. Desde pequeñas se empezaron a notar las diferencias entre ambas: mientras yo era callada y sumisa, ella era la alegría andante. Yo cantaba, pero ella hacía bulla. Yo jugaba, pero ella era el juego hecho persona. Tenía un carácter fuerte, si yo hacía algo que a ella no le parecía, me decía "tú, tala", que significa "mala". Eso me hacía sentir mal, vamos, que una niña de 3-4 años no sabe procesar bien que le digan cosas así, no las entiende, y termina creyéndolas. Por mucho tiempo creí que yo tenía algo malo innato en mí, pero ese es otro tema que ya superé. Yo sé que no soy mala. Bueno, el caso es que crecimos siendo las mejores amigas del mundo. Jugábamos a la casita, a las barbies, dormíamos en el mismo cuarto, jugábamos a las princesas, a que teníamos poderes mágicos... Éramos uña y mugre. Hacíamos todo juntas, hasta nos vestíamos parecido. Lo único que nos separaba eran nuestros temperamentos, el mío fácil, nervioso e introvertido, el de ella, un poquito explosivo, extrovertido e independiente. Ella tenía un par de amigas en el barrio y era aguerrida como un niño, no le molestaba ensuciarse y jugar rudo. Era una preciosa de ojos celeste cielo y cabello amarillo fuerte. Hasta me cuidaba en los recreos, cuando las niñas mayores me molestaban. Su personalidad salía por sus poros, mientras yo trataba de agradar a todo el mundo.

Fuimos creciendo, y pasaron muchas cosas, muchas, que nos afectaron a las dos. Es inevitable, es el curso de la vida pasar por situaciones difíciles. No me da pena, ya no. De hecho, pienso que la he tenido más fácil que millones de personas. Sin embargo, nada puede evitar que uno desarrolle depresión, ansiedad o trastornos alimenticios si tiene predisposición a ello y el ambiente lo propicia. Pues bien, yo empecé a dejar de querer jugar a las barbies, pues ya estaba creciendo, mientras ella me pedía que jueguemos. Yo la empecé a rechazar. Simplemente no me provocaba. Prefería encerrarme en mí misma, ver tv, leer, total, "ella tenía otras compañeras de juego y yo no importaba tanto". No me daba cuenta de que yo era irreemplazable.

 Esto no es Frozen, amigos, esto es la vida real, y con un final triste, no como el de la película.

Cuando mi depresión empezó a crearme un hoyo en el pecho, y mi primer episodio de anorexia me comía el alma, yo fungí de hermana mayor muy bien. Tenía 12-13 años, y era perfecta. Mi hermana lloraba a veces, en su cama, y yo podía ir y consolarla, haciendo de oídos sordos lo que mi propio corazón me decía. Estábamos pasando por problemas familiares muy complejos y había una gran sensación de soledad en la casa que nos acompañaba a todos. Recuerdo sentarme en la cama de mi hermana, poco menos de dos años menor que yo, y acariciarle la cara hasta que se relajaba y se quedaba dormida. Me sentía bien, útil. No necesitaba nada, ni siquiera ropa, ni siquiera comida, ni siquiera agua. No necesitar equivalía a no merecer. Y conforme ese no merecer creció y yo me acerqué a los 15 años, me convertí en la peor versión adolescente de mí misma. Me cerré por completo. La verdad, no recuerdo muy bien esa época, porque mi mente estaba en otro lado. Sólo sé que no sólo me restringía la comida, sino que me alejaba de las fuentes de cariño, de lo que me humanizaba. Entre ellas, mi hermana. Ella también la pasaba mal, a su manera, y sus reacciones empezaron a ser muy fuertes. Hasta que, de pronto, empecé a desarrollar manías y no toleraba estar cerca de ella.

Así de simple: no la podía tocar. Me daba la sensación de que todo lo que ella tocaba estaba contaminado por su energía. Mi percepción estaba al límite, todo me afectaba, y, en mi cabeza, su temperamento parecía apoderarse de las cosas. Estábamos en una época sumamente difícil, lidiando con cosas muy fuertes, y mientras ella se desesperaba por acercarse a mí, yo luchaba por alejarme de ella. Así de simple: tú tocas eso, yo lo tengo que limpiar o coger con algo de alguien más para no sentir tu energía, que es tan fuerte que no la tolero. Tú te bañas antes que yo, yo no puedo usar la ducha ni 4 horas después porque tu presencia sigue ahí; tú te sentaste en la computadora, yo pongo ropa sucia de nuestro hermano mayor para que aplaque tu sensación en el asiento; te sentabas a mi lado en la movilidad del colegio, me arrimaba lo máximo posible para ni siquiera tocarte y rozaba las partes que tuvieron contacto contigo con objetos como la puerta del carro, o la pared, u otra persona, para limpiarte de mí. Mientras mis otras manías iban cediendo, ésta fue creciendo, al punto de que ya no podía ni escucharla: ni su voz, ni los ruidos que hacía al comer, o al pasar sus dedos por los objetos, o al utilizar objetos como el tenedor sobre su plato, o al respirar, hablar o cantar (Muchos años después me enteré de que eso se llama Misofonía, dale click para aprender un poco más sobre éste trastorno. Esto me sigue pasando, en menor intensidad, y con otras personas). Bueno, pues: ¿Cuál creen que fue mi reacción? CALLARLA. Decirle, primero intolerante pero reprimida, luego a gritos y violentamente, que se callara. Que no hiciera ruido. Que se quedara quieta, que no respirara, que no existiera.


Nadie de la vida real es capaz de recibir la basura de una persona enferma sin terminar afectándose de alguna manera. Nadie. Anna le aguantó a Elsa su lejanía porque es un personaje de dibujo animado, y si fuera de la vida real, porque sus papás le dieron la contención emocional que necesitaba y aprendió desde niña a manejar el rechazo sin mermar su aprecio por su hermana ni su propia autoestima.

¿Se imaginan lo que es que la persona en la que más confiabas, tu referencia, tu hermana mayor, te aleje de esa manera? Ella no era como yo, que se hacía una bolita, lloraba y se autoflagelaba para castigarse: ella me devolvía la agresión con más agresión. "¿Sabes qué?, ¡MÁTATE!", fue lo que desencadenó mi primer corte en las muñecas. En ese momento pensé que tenía razón, y que de verdad quería que me muriera. En ese momento de verdad quería morir, y pensé que era posible haciéndolo así. Muchos años después me di cuenta de que no lo decía en serio, pero el daño estaba hecho. Mi mente se había encargado de recibir e interpretar esas palabras de la manera que le convenía. Ahora comprendo que ella no tenía otra forma de defenderse ante tanta hostilidad. Yo me había convertido en un demonio, era realmente incontrolable, a veces tenían que cogerme entre mi mamá y mi ex-padrastro para prácticamente exorcizarme a punta de limpiezas energéticas tipo Reiki, palo santo y música de Enya en el fondo, mientras yo me retorcía de una rabia y dolor increíbles. 15 años, no tenía idea de nada, no sabía manejar mis emociones, estaba muy enferma, atentaba contra mi vida de mil maneras... entre ellas, rechazando el amor.

Recién de adulta me di cuenta de que el amor era lo que no soportaba, porque no tenía ni un poquito en mi corazón, y cada vez que se acercaba alguien a mí con algo de amor, yo me alejaba como espíritu maligno cuando le acercas la cruz. Eso es lo que pasa cuando alguien está en medio de la oscuridad: no aguanta lo positivo. No tolera las muestras de cariño, no es capaz de entender que hay algo más allá de lo que le pasa.

Mis síntomas eran tan fuertes y evidentes que mi mamá aterrizó un poco y decidió que necesitaba ayuda psicológica. Obviamente, yo la rechazaba. Pero terminé escuchando un poco y aplacando mi ira, y así dejé algunas de mis conductas autodestructivas y volví a sonreír y ser "normal". Pero el daño estaba hecho: mi hermana lloraba por todo, gritaba, reaccionaba muy fuerte, ya no brillaba como cuando éramos niñas. No me hablaba, yo tampoco a ella, casi. Yo estaba demasiado ocupada con mi mundo interno como para mirarla.

Pasaron varios años y tantas situaciones como oportunidades para que sucedan cosas. Me gradué del colegio con honores, me pagaron el caro viaje de promoción (creo yo, por miedo a que vuelva a atentar contra mi vida si no iba), me inscribí en la universidad para estudiar medicina, fingiendo aún que yo estaba bien y que mi familia tenía la capacidad de mantenerme, con esfuerzo, ahí, porque me querían, porque lo merecía y porque era la manera de asegurarme un futuro mejor. Lo cierto es que mientras yo empezaba a tener una vida sin casi tener conciencia de lo que significaba, mi hermana, deseosa de vivir, era olvidada por mis papás. No se graduó, porque no había plata, porque me la daban a mí, para que yo esté bien. No pudo inscribirse en una universidad, porque la mía y la de mi hermano mayor eran muy caras (aquí en Perú la educación superior privada es mejor a la estatal, y "hay que ir a la universidad para ser alguien en la vida"). Se pasó un año tirada en el sofá, comiendo y viendo TV, y en vez de mirarla y preguntarle cómo estaba, yo maquinaba mi siguiente ayuno o atracón. Ella tuvo atención psicológica por poco tiempo, nunca estuve segura si lo dejó porque no le ayudaba, o porque creía que la psicóloga era mala, el caso es que se quedó en el aire, y tuvo que agarrarse de lo que podía: la cocina. Mi papá le pagó un curso de un mes de fotografía, luego se puso a trabajar en starbucks, y luego se volvió a tirar al sillón y posteriormente, a su cama, a ver tv, películas, y comer.

Desde pequeñas, yo guardaba lo que pensaba y no lo expresaba, ni siquiera sabía hablar para defenderme. Mi caparazón era blando. En cambio, el de ella estaba lleno de púas, su lengua era un cuchillo bien filudo que daba en la parte más dolorosa. Se defendía con violencia, sarcasmo, echando culpas, sintiendo pena por sí misma.

Volví al hoyo, esta vez más profundo, y me convertí en la peor versión adulta de mí misma. La agredí indirectamente con mi enfermedad. Ver consumirse a alguien que amas no es lo más sano ni divertido que puede haber. Ella callaba, sabía que no podía acercarse mucho, sólo podía mirar, llorar en silencio por mí, y, evidentemente, defenderse como sabía cuando algo pasaba. Con agresividad, con culpas, con sarcasmo. Porque no conocía otra forma. Me internaron. Ella, nuevamente, se tuvo que olvidar de lo que quería para que yo pudiera revivir. Quizás yo cedía en los pleitos para que ella ganara, pero en la vida, ella me cedió la preferencia, para que yo no me muriera por mis propias manos. Toleró lo mejor que pudo que yo me coma su comida para vomitarla al rato, toleró que desperdicie el dinero y cansara a mamá y a mi entorno con mi agujero negro, lo toleró lo mejor que pudo. Fue fuerte, no me imitó, aprendió que yo no era un buen ejemplo a seguir, decidió echarle la culpa de todo a papá, me limpió de polvo y paja. Dejó de pedir cosas para que hubiera dinero para pagar mi comida especial, medicinas y terapias. Y salí airosa. Ella sonreía, esperando que sus esfuerzos hayan valido la pena y hubiera, por fin, recuperado a su hermana, con la que reía, saltaba en la cama, le hacía cosquillas y jugaba.

Pero se equivocó.

Quien salió del internamiento, año y tres meses después, fue una Cristal completamente diferente. Ya no era un agujero negro que absorbía todo, lo convertía en oscuridad y se hacía más grande, era una hoja en blanco en la que se había comenzado a escribir una historia rara que mi hermana no entendía y en la que casi no formaba parte. Y aquí viene mi justificación: empecé a ser consciente de que las cosas estaban tan mal en mi casa, que si yo seguía sus reglas, iba a volver al hoyo. Yo pensaba que cuando saliera, mi familia también iba a estar "recuperada", que mis hermanos y mis papás iban a cambiar, a perdonar, a dejar ir lo malo, que mi tratamiento, de alguna forma mágica, iba a alcanzarles a ellos también. Pero, al igual que mi hermana, me equivoqué. Así que creé mis propias reglas del juego: decidí que, en vez de esperar sentada algo de mis papás, yo iba a conseguir las cosas por mí misma. Decidí crecer, decidí vivir, y para eso, también decidí hacer oídos sordos a los regaños casi diarios porque "no estaban de acuerdo con cómo estaba llevando mi vida", y hacerme la ciega frente a mi hermana, cada vez peor, ahora afectada físicamente por su sobrepeso, y con heridas emocionales profundas de las que nadie, ni mi mamá, se atrevió a curar porque ella es un gato arisco que rechaza toda ayuda con excusas, llantos y puertas más cerradas que las mías.

Si yo estuve mal, al menos fui el "tubo de escape" de mi familia, me prestaron atención y logré recibir y aceptar ayuda. Ella no. Ella siempre estuvo bajo mi sombra, perfil bajo, segundo puesto.
Hoy yo estoy por cumplir 29 años, siento que me falta mucho por lograr y siempre que me comparo me siento menos que el resto, pero sé que teniendo pena de mí misma no logro nada, y desde que estoy con mi novio actual, mi actitud hacia la vida es más positiva, soy más fuerte, estoy más dispuesta a crear un futuro bueno para mí, con MIS reglas del juego, porque sé que seguir las reglas de mi casa significa enfermarme.

Ella no. Ella sigue tirada en su cama, cocinando cosas que le hacen daño, viendo TV y películas todo el día, durmiendo a cualquier hora, sin estudiar, sin trabajar (porque siempre hay una excusa para que no pueda), sin hacer otra cosa que sufrir sin darse cuenta. Sus actividades consisten en ir dos veces por semana a comprar la comida, vivir en torno a lo que decide su novio, salir con él, de vez en cuando ver a sus amigos (en eso me gana, yo sigo prefiriendo la soledad), y regañar. Regañar y criticar mucho. Su agresividad ha mejorado mucho, aprendió a cuidar más sus palabras, pero cuando discutimos (que es algo muy usual) se le sale el resentimiento que me tiene. Por no haberle prestado atención. Por no haberla querido como ella necesitaba.

Mi hermana no tiene las herramientas emocionales y actitudinales que "tiene" Anna. Mi hermana se cansó, hace mucho tiempo, de tocarme la puerta para jugar con la nieve. Yo logré alejarla y convertir mi corazón en hielo para ella.

Van como 3 semanas en las que no me habla. Discutimos a principios de mes, por cosas del día a día en las que discrepamos. Somos como el agua y el aceite, cada quien en su mundo, pero mientras yo me ocupo de mí y trato de no preocuparme por los demás porque sé que me afecta y me puedo sentir tan mal que me puedo enfermar, (esa es la manera en la que aprendí a defenderme y gracias a la cual ahora soy funcional, trabajo, estudio, vivo), ella no se ocupa de sí misma y se preocupa por todos de manera casi excesiva, marcando, siguiendo y corrigiendo como una mamá, porque sabe que mamá y yo somos más vulnerables. Ella se mantiene de pie como un árbol, pero uno de corteza dura, podrida, que sangra. Un árbol al que sigo sin prestar atención.

Ya había notado que ella no me acepta. Que si fuera posible, se iría de la casa, para no tener que aguantar(me)(nos) y todo lo que estar aquí conlleva. Siendo sincera, yo también pienso igual. Mi casa no es un hogar, por eso no paso mucho tiempo aquí. Más allá de las responsabilidades, nadie es capaz de arreglar la situación. La mala comunicación es el pan de cada día, y no hay fuerza hasta ahora que haya logrado mejorarla.

Yo no soy perfecta. Soy muy perfeccionista con mis cosas pero muy descuidada con mis relaciones interpersonales. También vivo un poco en torno a mi novio porque, de alguna forma, prefiero su realidad a la mía. Soy un poco más consciente de mí misma, de lo que hago y para qué, y lucho, sí, la lucho, todos los días, para levantarme, comer, tomar mis antidepresivos y hacer mis actividades. Si por mí fuera haría lo que hace mi hermana, porque es súper cómodo y no tengo que pensar en lo que hay que hacer. Pero no puedo darme ese lujo, no me lo permito, y aquí voy, mal que bien, caminando. Metiendo la pata una y otra vez, pecando de confiada con quienes no debo, y no confiando en quienes debo, ayudando a gente de afuera y haciéndome la ciega con una de las personas que completa mi mundo: mi hermana.

Yo, Cristal, no soy capaz de ayudar a mi hermana menor. De contenerla. De estar con ella, de ser su amiga, bah, su hermana. Quisiera abrazarla cuando me provoca, pero no puedo, porque o estamos peleadas, o no soy capaz de mostrarle mi cariño. Elsa pudo abrirle su corazón a su hermana, yo no.

Mi excusa ha sido que "No puedo darle algo que no tengo", pero lo cierto es que enfrentar sus demonios es recordar a los míos y enfrentarlos de nuevo, y sólo de pensar en el drama, me canso. He simplificado mi vida lo más que he podido, y si detecto novelones, adiós, porque no son buenos para mí, que ya de por sí, soy consciente, tiendo a crear novelas por mi cuenta. Por mucho tiempo responsabilicé la forma de ver la vida y las herramientas que tiene para enfrentarla como la causa de su pesar, de su estancamiento, de su desidia. Incluso la he escuchado quejarse y responsabilizar por su estado a papá, y no la culpo (pero sé que en eso se equivoca, ella podría salir de donde está si se esforzara y aceptara ayuda). Pero hoy, luego del millonésimo enfrentamiento post pelea e intento de reconciliación, me di cuenta de algo más: algo que yo no he querido ver, porque me duele demasiado.

Yo también tengo responsabilidad de su estado.

Me advirtieron en mi tratamiento que iba a haber resistencia por parte de mi familia a mi cambio, que iba a ser difícil; me enseñaron que pensar en una misma y su bienestar no es ser egoísta, sino inteligente y una muestra de amor propio; me dijeron que mi familia iba a pensar que soy una egocéntrica... lo sé, lo experimento todo el tiempo, sé que no les gusta del todo las decisiones que tomo o las cosas que hago o digo. Mi mamá me comprende más, porque me ve bien. Mi hermano no vive con nosotras desde hace años, así que no la sufre tanto. Mi hermana, en cambio, me ve como un ser sumamente desconsiderado, irresponsable y aprovechado. Evidentemente, lo soy, porque ella se preocupa demasiado por los demás y comprendo su punto de vista porque también pensaba así del resto (y sufría porque no me trataban como yo quería que me traten). Pero no me había dado cuenta de que actuar como lo hago ahora también iba a afectar negativamente a mi hermana. Porque no estuve, y cuando estuve, no fui suficiente. Porque, sin querer pues estaba enferma, la anulé, la alejé; porque contadas veces la agredí verbal o físicamente, pero innumerables veces mis acciones y actitudes le atravesaron el corazón. Y ahora, que soy funcional y no estoy sintomática, no soy capaz de ayudarla, y lo que hago por mi bien le hace daño a ella.

Mi hermana está mal por mi culpa. No sólo porque mi papá la dejó a la deriva y mamá no fue capaz de enfrentarla, ponerle límites y darle órdenes. También porque yo no fui capaz de estar ahí para ella, la expuse a mi violencia hacia mí misma, la defraudé como hermana mayor al punto de que ella tomó ese rol, le hice experimentar el rechazo al máximo, como si ella tuviera lepra o hubiera algo malo innato dentro de sí, hice que vea las cosas más terribles que puede ver alguien que ama a otro, y ahora, cuando intento estar con ella o acercarme, no puedo. No lo hago. No he aprendido. No soy capaz de pedir disculpas por protegerme a mí misma de su negatividad, eso sería echarle la culpa de algo en lo que no la tiene. Ella no tiene la culpa de ser como es. Ella no conoce otra manera de enfrentar la vida, ella hace lo mejor que puede, y yo no he ayudado en nada para que mejore. Al contrario.

Mi amor propio, mi mecanismo de defensa, hace que no pueda pasar mucho tiempo con ella, en parte porque es muy intensa para mí, y en parte porque estoy ocupada o prefiero dormir, estar sola o ver a mi novio que conversar con ella. Soy parecida con mi mamá, pero se me hace más fácil acercarme, y estoy trabajando el comunicarme mejor con ella y demostrarle que me importa. Pero con mi hermana, se me hace muy difícil. No le tengo confianza para contarle mis cosas, porque le afectan demasiado y reacciona mal, pero esta forma de "protegerla" le molesta y le refuerza su creencia de que no me importa. Mi hermana tiene serias dificultades para perdonar, dejar ir, pasar la página. ¡Ella puede ser a veces tan drástica! Por ejemplo: si alguien me hace daño, ella se molesta con esa persona al extremo. Es tan radical que es capaz de no dirigir la palabra, eso ha pasado con mi ex, que era su amigo, hasta que se decepcionó de él por algunas actitudes suyas hacia mí. ¿Cómo, entonces, le puedo confiar cuando me molesto con mi novio actual? ¿Para que lo trate feo, así esté yo en el medio? ¿O para andar recordándome eventos tristes luego de que pasaron meses y yo ya había pasado la página? No, gracias. Prefiero que no se entere. Sin embargo, ocultándole información termino haciendo que se resienta conmigo, y que no me cuente sus cosas. "Porque yo no le cuento las mías". Y así se ha creado un círculo vicioso de desconfianza, agresión pasiva, y soledad tan fuerte que la mantiene encerrada en su cuarto.

¿Cómo haces para acercarte a alguien a quien amas mucho pero no quiere saber de tí? Con mi papá y con ex fue mucho más fácil: simplemente reaprender a vivir sin ellos. No hablar, no vernos, el tiempo hace lo suyo, ya está. En cambio, mi hermana duerme en el cuarto contiguo, compartimos el baño, algunas responsabilidades, y escucho sus movimientos.

Ahora no sé qué hacer, porque ocupándome de mí y autoconvenciéndome de que yo no tengo responsabilidad ha aumentado sus síntomas. Podría, de nuevo, deprimirme y hacerme daño por la culpa, porque no conozco otra manera de enfrentar las cosas. Y es que mi mente maquiavélica me hace pensar que, tal vez, si yo me pongo mal, es decir, si me esfuerzo por llamar su atención, pueda usar mi salud y bienestar como herramienta de chantaje para obligarla a hacer terapia. "Porque ella me hace daño".

Esta es una de las cosas más enfermizas que he pensado. Estar mal para conseguir algo es una táctica que ya utilicé, inconscientemente, y casi me mata. Estoy molesta conmigo misma, pero debo ser razonable. No lo niego, aún me pasan por la cabeza cosas así cuando mis emociones están desbocadas, pero mi sentido común, felizmente aprendido, y los benditos antidepresivos que contienen mis impulsos autodestructivos, me mantienen cuerda. No lo voy a hacer. Manejarla con la culpa... bien inteligente de mi parte hacerle sentirse peor, y encima, usar los mismos recursos que ella usa. Me estabiliza saber que si me pongo mal, no será porque quiero que ella me note y haga algo, sino porque REALMENTE me afecta que sufra, me afecta que no disfrute de la vida, me afecta tener esta relación tan mala con ella, me afecta no poder acercarme, me afecta ser una completa extraña, y me afecta que no puedo hacer nada.

Bueno, no es verdad, sólo hay una cosa que puedo hacer: esperar a que ocurra un milagro y la vida se encargue de enseñarle. Como me pasó a mí, que ella tuvo que observar cómo me hacía daño hasta que algo desencadenó mi redención. Sólo que yo no aguanto. Como hermana mayor, no quiero que tenga que sufrir más para aprender, porque ya no quiero verla mal, ya no quiero discutir con ella... ya no quiero tener que pasarla por alto para no sufrir y así hacerla sufrir más.

Me he pasado 3 horas escribiendo y corrigiendo esto, en vez de leer para mi tesis. Por eso ya no escribo, porque gasto demasiado tiempo en expresar cosas que me va mejor diciendo en persona, porque me ayuda más el soporte presencial que el feedback del aire. Porque, lo peor es, nadie se va a tirar media hora leyendo esto.

4 comentarios:

Nere dijo...

EStá muy bien que vayas a terapia y te sirva más que dejarlo escrito aquí, pero sí que hay gente que te lee, por ejemplo yo misma.
verás, no creo que debas responsabilizarte de la vida que ha llevado tu hermana, si no ha tenido dinero para ir a la universidad... Parece que te culpas de todo eso que tú has tenido y ella parece que no por tu culpa. Porque no es así. Cada cual lleva la vida que quiere independientemente del de al lado. No tienes que responsabilizarte de nadie. Ni siquiera los padres se responsabilizan a veces de los hijos, deberían haberlos tenido si no se iban a responsabilizar de ellos? Pues probablemente no, pero ahí hay una vida y cada cual tiene que salir adelante con ayuda o sin ella. Tú estabas enferma, y en efecto, lo más responsable fue cuidar de ti misma. Si mal no recuerdo has estado a punto de morir y eso es muy grave. PAra no recaer tienes que seguir cuidando de ti misma. Y los demás, todos adultos ya, exactamente lo mismo.
ES duro? Puede ser. PEro así es la vida y está claro que tú, por tu carácter, no puedes ser la cruz de guía para que se apoye nadie, bastante tienes con sostenerte a ti misma. Cada uno desarrolla sus mecanismos de defensa. Y otra cosa importante: tenemos la familia que nos toca, no la que queremos. No la elegimos.
Y mira a tu alrededor, siempre hay familias más desestructuradas que la tuya. Las hay más armónicas, las hay superficiales, las hay disfuncionales.... Si uno se tiene que alejar de la familia, eso también es ley de vida.
Un gran abrazo y ánimo con la tesis.
Vive tu vida, porque sólo vamos a pasar por aquí una vez.

Anónimo dijo...

Buenísima reflexión sobre tu situación, es cierto que ocuparte de ti es lo mas importante, pero si te afecta la relación que tienes con tu hermana (que obvio ha de afectarte, de otro modo no hubieses sentido la necesidad de escribir sobre esto) podrias hacer algo para mejorar eso, si hablar te es difícil, tal vez esto mismo que haz escrito mostrarle, quizás puedan compartir sus puntos de vista, tal vez ella vea todo diferente, tal vez sea una oportunidad para sanar esa herida, suerte.....

Anónimo dijo...

aquí en Perú la educación superior privada es mejor a la estatal
JAJAJAJAJAJAJA si claro...

Anónimo dijo...

La solución es bien sencilla, aunque difícil de aplicar pero la tienes en tus manos. Tú no quieres ésto más. Quieres que la situación cambie. Y por mucho reparo, miedo, resentimiento culpa o lo que sea que tengas, deberías dar el paso y hablar con ella. No de nimiedades ni de novios, hablar de verdad, de la situación, de vosotras, de ti, de lo que sientes en lo que concierne a las dos. Y simplemente sincerarte y confesarle que no quieres seguir más así. Que ya basta, que la quieres a pesar de todo y que es momento de poner punto y final a todo lo malo.
Mientras te lo piensas el pararte a hablar seriamente con ella, cambia tu actitud. No discutas más, no pelees, no respondas a malas palabras. Tómalo de otra forma, de una forma en la que le transmitas tregua, basta, esto va a cambiar.

No tienes que hacer nada más que eso. Es sencillo pero duro, y no será dañino para ABSOLUTAMENTE NADIE. Si no sale bien, ché, ya lo intentaste, no pasa nada. De verdad. Pero de seguro que una mínima mejoría habrá. Posiblemente no encuentres las palabras frente a ella, tal y como las plasmas aquí, pero no importa, transmítele lo que sientes.

Sin maquiavelismos, sin pesares. Háblale y perdonaos mutuamente. O al menos intentarlo.